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2019-02-21    08:23:19

Lenguas maternas preservan conocimientos antiguos

Por Ashlei Espinoza Rodríguez y Gerardo Avendaño

De las corresponsalías, 21 Feb (Notimex).– En la comunidad de Necaxa, en el municipio de Juan Galindo del estado de Puebla, cuando era niño el poeta y escritor náhuatl Jorge Álvarez Pérez convivía diariamente en este idioma con su abuela materna, pero más allá de las paredes de su casa, guardaba silencio para evitar la exclusión y discriminación.

En entrevista con Notimex, relata que en su localidad quienes hablaban castellano se referían a sí mismos como “gente de razón”, mientras que los hablantes de náhuatl (o mexicano, como también se le conoce) eran despreciados por su origen indígena.

“Yo tenía que guardarme a veces el silencio de no poder hablar el náhuatl cuando estaba con los de razón y yo prefería hablar mejor con mis amigos los que hablaban el mexicano para poder convivir, era una especie de lucha”, comenta.

Señala que al asistir a la escuela padeció racismo y desprecio por su forma de hablar, y aun sin entender por qué las demás personas se sentían superiores, siempre privilegió los valores que le habían heredado.

Jorge Álvarez apunta que esas enseñanzas se encontraban inmersas en un ambiente místico y religioso de una cosmovisión milenaria, por lo que esa importancia social le ayudó a sobrepasar las críticas de las que era blanco.

El poeta describe que por saber náhuatl era parte de los rituales y ceremonias de los voladores de Papantla, “eso a mí me sirvió como una parte de una trasmisión no tanto como un cuento, sino como una vivencia donde vi que los valores mexicas, los valores nahuatlacas a veces realmente tienen más fuerza que los castellanizados”.

Jorge Álvarez adquirió de la cosmovisión náhuatl una educación encaminada más hacia el respeto, la tolerancia y hacer mejores personas.

“Hay algo que nosotros conocemos como el Huey yollocayotl, que significa “La grandeza del corazón”. En este poema se puede ejemplificar la forma de pensamiento de dónde vengo.

“Que hermosa es nuestra tierra/ nos da vida, una oportunidad/ para prosperar y enseñar, / nuestras virtudes, nuestra entrega.

“Observa los árboles cómo platican, / ¡mira! ¡Que lindas flores! / enseñan su hermosura y virtudes, / como esencia que en tu alma coquetea.

“Los ríos hacen caminos de lágrimas / en las montañas, pero tú encuentras ahí el consejo, / cumbres que te invitan a razonar, / vientos frescos que refrescan tu alma.

“¡Envía al cielo una esperanza!, / grande fuerza necesitas del sol, / un suspiro profundo en el camino, / la sabiduría del arcoíris en tu destino.

“Eres águila que manifiestas libertad, / con caminos repletos de enseñanza, / con cantos llenos de tristeza, / pero también la danza para apaciguar la pena corporal.

“El mar muestra su anchura (inmensidad), / en el caracol suena nuestra oración, / porque en las conchas y en el canto / tú bailas como olas sobre esta tierra, / que es la grandeza del corazón”, narra el poeta.

Puntualiza que para entender y comprender alguno de los aspectos de lo que se habla en náhuatl es necesario adentrarse en su filosofía, sobre todo al intentar transmitir alguna enseñanza.

En estas frases y palabras, mencionan a Álvarez Pérez, porque comparten la filosofía del pueblo náhuatl que tiene el objetivo formar a excelentes personas dentro del ambiente en que se desarrolle cada una.

Comenta que desde pequeños a través de reflexiones y enunciados se les enseña a respetar y amar a los padres, a honrar a los ancianos porque ellos tienen el conocimiento y la sabiduría que transmiten como preparación para la vida adulta y cuidar a la madre tierra.

“Me decían, tú vas a nacer para ser libre, vivir para proclamar tu enseñanza, compartir tu sabiduría y morir para la tierra”, expresa.

Asimismo, asegura que la riqueza de las lenguas está en el conocimiento y sabiduría que transmiten y “yo creo que lo más importante es que tú lo razones, que tú lo lleves a cabo, al momento que lo razonas la esencia pasa a ser parte de ti y eso es lo que tu proyectas”.

La palabra entreteje la realidad

“Es domingo, es día de reunión, / hay puestecitos donde se venden sueños. / La palabra entreteje la realidad, / es la costumbre hecha resistencia”, dicen los versos que Fausto Guadarrama López dedica a su tierra mazahua, donde comprendió cómo es la dignidad y donde con una sola vocal podía aludir al mundo”.

De San Felipe del Progreso en el Estado de México, aprendió el idioma mazahua a través de su madre. Ella, en una íntima ceremonia en torno al fogón familiar, mientras preparaba las primeras tortillas para comer, daba gracias por cada momento de vida, relata el poeta mexiquense.

“Nosotros aprendimos con esos valores. La experiencia que me ha tocado vivir ha sido de mucha fortaleza, porque en la generación que a mí me tocó no había una escuela indígena, más bien crecimos bajo esa discriminación, de que el indígena no tenía ninguna motivación y menos un valor en la sociedad.

“Pero dentro de mi corazón yo sabía que algo palpitaba diferente, yo tenía otra cosa muy diferente a ser sólo un mexicano que hablaba su lengua indígena”, rememora.

Guadarrama López creció con una formación bilingüe, en su entorno el castellano era inculcado como una herramienta para sobresalir.

“Una voz interna nos decía que habláramos español, porque era la lengua del estatus, del reconocimiento en la comunidad, pero algo oía en mi interior que decía `también aquí en el mazahua hay mensaje, hay significados, hay imágenes hay todo un mundo que tenemos que conocer´”, expone.

Fausto Guadarrama estudió psicología, ahí aprendió sobre las distintas formas de pensamiento en el mundo y lo determinante del lenguaje en ellas, sin embargo, al investigar sobre sus propias raíces se dio cuenta que el conocimiento documentado era limitado, por lo que emprendió la tarea de indagar en la conciencia del pueblo mazahua.

En su búsqueda, el poeta se encontró con el mito del origen de su comunidad, el cual hace referencia a la montaña sagrada de los mazahuas.

“Todo era de noche, era silencio, el sol entonces empezó a resplandecer, del sol nacimos los hombres mazahuas, nosotros provenimos de tres generaciones.

“Los primeros eran unos hombres chiquitos, chaparritos pero que no tenían huesos y por eso no pudieron sobrevivir, les decían los chehui. Esa generación se acabó por el agua, porque se ahogaron, desaparecieron.

“Entonces llegaron otros que eran unos gigantes, pero esta generación tampoco tuvo mucho auge, tampoco se desarrolló porque no podía agacharse y no podían ni tocar los árboles, cuando intentaban tocarlos se caían.

“Estos gigantes no sobrevivieron mucho tiempo, se acabaron por el fuego porque por su estatura les quemaba con el sol”, describe.

La tercera generación, los mazahuas de hoy en día, asegura el poeta que provienen de un linaje ancestral.

“La montaña Nguemore o Xocotitlán tuvo una novia, que es Toxte o la mujer blanca (conocido como el Nevado de Toluca). Ellos tuvieron un amorío que no aprobó el padre sol, ni la madre luna por lo que los condenaron a ser eternos, pero cada uno viéndose desde lejos.

“Nosotros provenimos de esa generación, somos hombres y mujeres que hemos sobrevivido a lo largo del tiempo, que nos legaron muchas tradiciones, muchas costumbres, muchas ideas de cómo vivir en armonía con los animales, con la naturaleza, con el agua”, narra.

Guadarrama López evoca a esa tradición para inculcar el idioma en las nuevas generaciones, pues asegura que los mazahuas “son hombres universales” que harán presencia con su pensamiento y oralidad en otros territorios.

“Los pueblos indígenas tenemos mucho que aportarle a la sociedad, porque hay cosas que no vemos tanto, como la cuestión económica, eso algo que es inherente y que tiene que llegar. Nosotros, sin embargo, tenemos mucho respeto por la madre tierra, por la madre naturaleza, por el hermano árbol, el hermano coyote, el hermano pájaro, desde ahí nuestra visión es diferente”, asevera.

Refiere que si la sociedad mexicana volteara a ver los valores de los pueblos indígenas, encontraría en cierta medida la solución a determinados problemas colectivos.

“Tenemos que aprender a convivir como una sociedad multicultural y multilingüe, empezar a respetarnos a través de las diferencias, porque nosotros tenemos mucho que aportar”, afirma.

De acuerdo con el "Catálogo de las lenguas indígenas nacionales: variantes lingüísticas de México con sus autodenominaciones y referencias geoestadísticas", realizado por el Consejo Nacional del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, en el país existen 11 familias lingüísticas indoamericanas con al menos una de las lenguas que las integran.

Así como 68 agrupaciones lingüísticas correspondientes a dichas familias y 364 variantes lingüísticas pertenecientes a este conjunto de agrupaciones.

En la Encuesta Intercensal de 2015, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), señala que en México existen siete millones 382 mil 785 personas, de tres años o más que hablan alguna lengua indígena, lo que representa el 6.5 por ciento de la población total nacional.

En este sentido Fausto Guadarrama invita a acercarse a cualquiera de las comunidades que poseen una lengua indígena y a aprender de los valores que cada una de ellas guarda y aprender uno de estos idiomas.

“Lo maravilloso de esto es que podemos tocarlos, interactuar, vernos ojo a ojo, tocarnos las manos, no importa el color de la piel, importan los sentimientos, importa lo que trae adentro.

“Nosotros somos hombres de maíz y de vieja tierra. Si no se le da una atención a estas lenguas que son conocimientos antiguos, corremos un riesgo de perder estos conocimientos. Cuando deja de hablarse una lengua se apaga una estrella y eso ya nunca se recupera”, manifiesta.

 

 


NTX/AER-GAV/GPG/RA

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